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Fecha27 Abr 2026
OPINIÓN
Miguel Lucas, director senior global de innovación en LLYC
El problema de que nuestros jóvenes usen la IA para realizar sus tareas no es que copien. El auténtico problema es que nunca lleguen a aprender a pensar. ¿Podemos hacer algo al respecto?
Hace unos días, en representación de la Fundación José Antonio Llorente, estuve frente a cientos de adolescentes en unas Talent Sessions organizadas por la Fundación Princesa de Girona, hablando de IA y empleabilidad.
Les lancé un dato: el 83% de los estudiantes que usan ChatGPT para escribir un trabajo no pueden proporcionar ni una sola cita correcta de esos textos una semana después. Ni una. Les pregunté: ¿eso es aprender, o es hacer teatro?
La ciencia cognitiva tiene un nombre para esto: «foreclusión cognitiva». Un joven que delega una tarea que aún no ha aprendido a realizar de forma independiente no pierde una habilidad. Nunca llega a construirla. No es un músculo que se atrofia. Es un músculo que jamás se forma. Y esa debilidad puede tener consecuencias permanentes en la capacidad de razonamiento y en la formación de la identidad intelectual.
Yo a los chicos no les dije que dejaran de usar la IA (sería como prohibir la calculadora). Les dije lo mismo que les repito a mis hijos: la clave no es dejar de usarla, sino aprender a sacarle partido sin que te anule. Y la diferencia cabe en una metáfora: la IA no puede ser tu secretario. Tiene que ser tu sparring. El compañero de ring que te devuelve los golpes, que te obliga a pensar más rápido, a defenderte mejor. Si solo pegas al saco, nunca mejoras. Necesitas a alguien que te desafíe. Y estas son dos de las claves que les ofrecí:
1. No le pidas la respuesta. Pídele que te haga mejores preguntas. En vez de «escríbeme un ensayo sobre el cambio climático», prueba con: «Quiero defender que [esto]. Dame los tres argumentos más fuertes en contra para que pueda anticiparme.» Eso es usar la IA para pensar MÁS, no MENOS. El esfuerzo de rebatir esos contraargumentos es tuyo. Y ese esfuerzo es exactamente lo que construye el músculo.
2. Búscale los fallos a la IA. En ocasiones, inventa datos con total aplomo. Cita estudios que no existen. Construye argumentos que suenan impecables pero que, si tiras del hilo, se sostienen sobre el vacío. Tu trabajo es pillarla. Leer cada respuesta con sospecha, verificar lo que no encaje, desmontar lo que parezca demasiado perfecto. Cada error que detectas fortalece lo único que ningún algoritmo puede darte: criterio propio.
Porque la IA es un amplificador. Quizás el más poderoso que ha inventado la humanidad. Si le enchufas pereza, produce vagos redomados. Si le enchufas el vacío, devuelve un vacío con muy buena redacción. Pero si le enchufas curiosidad, produce mentes más brillantes de lo que ninguna generación anterior ha podido ser. Y si le enchufas autenticidad y criterio, amplificará lo único que la IA jamás podrá producir por sí misma. Nuestros hijos ya tienen el amplificador encendido. Lo que les enseñemos a enchufar en él definirá su futuro.